UN CAFE EN LA ISLA SUR

Después de vivir por cinco meses en la capital de Nueva Zelanda, Wellington, puedo decir que ocurrieron muchas cosas, entre ellas, trabajé en un bar gay, aprendí a surfear, tomé clases de boxeo, compre un auto, me enseñaron el oficio de barista, conocí buenos amigos, me volví loco por una argentina, llegué tarde a mi trabajo mil veces, fui a demasiadas fiestas, trabajé como un perro (a veces hasta 21 horas al día), entre otras cosas.

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Cuando llegó el momento, decidí partir a la Isla Sur del país. No sabía dónde, pero el destino y recomendaciones de gente me enviaron a la hermosa Queenstown. Este pequeño pueblo con sus espectaculares paisajes y naturaleza intensa, es un paraíso para todo aquel que gusta de la fiesta y los deportes aventura. A mi no me gustan tanto los deportes aventura, pero me encanta la fiesta.

Encontré un trabajo en un café muy “cool” como barista (haciendo cafés), llevaba muy poco tiempo en este oficio, por lo tanto no era un buen barista. Mi falta de experiencia generó molestia en el resto del equipo, quienes eran todos muy experimentados en el rubro. Nunca nadie me dijo nada, pero yo podía percibir la hostilidad y sabía que no me querían ahí. Excepto por el administrador del café, Doug. Un canadiense francés muy buena onda, casado con la hija de uno de los millonarios mas millonarios de Nueva Zelanda.

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El café abría solo para desayuno y almuerzo, al poco tiempo de trabajar ahí, Doug me comentó que estaba planeando abrir también en las noches. Para esto necesitaba un administrador que supiera hacer cafés, pero que también fuera barman. Me eligió a mí.

Yo estaba pasando por una época “difícil”, me iba de fiesta todos los días, volvía a mi habitación a las 3 de la mañana después de haber bebido mucho, a veces no volvía solo y me levantaba a las 6 para ir a trabajar. Con la excepción que a este trabajo nunca llegue tarde.

Al final, mi falta de oficio, el idioma, poca experiencia en el país, mi estado etílico constante y el resto del equipo apoyaron el cambio de decisión de Doug, elegiría a otro administrador para la noche. Yo seguiría siendo solo el barista.

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Unos días más tarde, durante algo asi como lo que los alcohólicos llaman “un momento de claridad”, decidí irme de Queenstown. Necesitaba un lugar mas tranquilo, sin fiesta, ni alcohol. Elegí Christchurch.

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