ESTAMOS TODOS LOCOS!

Después de tomar un bus, un rickshaw, y una carreta tirada por caballos, finalmente llegue a la frontera. Cuándo entré a la oficina de inmigración, lo primero que vi fue una bicicleta de montaña con dos mochilas colgadas en la parte de atrás y un palo de golf cruzado a lo largo de esta. Sentado con cara de aburrido había un hombre moreno de ojos rasgados, parecía japonés o coreano, definitivamente era asiático.

El trámite en la frontera es simple, pero como muchas otras cosas en India, lo fácil se hace difícil y lo expedito se transforma en burocracia… No hay letreros, informaciones o un guardia que te indique que hacer, nada! Confundido, fui y le pregunte al “asiático” como era el trámite. El me dio las indicaciones y también me dijo que estaba esperando que un policía viniera a revisar su bicicleta, equipaje y especialmente el computador de la bicicleta (uno de estos GPS que también indican velocidad, altura, hora, etc.) porque había causado sospecha y mucha curiosidad entre el personal de inmigración indio.

Era coreano, se hacía llamar Charlie y estaba pedaleando la vuelta al mundo, tardaría 10 años. Terminamos el trámite, tomamos las fotos de rigor y salimos juntos de uno de los pasos fronterizos más conflictivos del mundo, INDIA-PAKISTAN.

Tanto Charlie como yo, estábamos contentos y entusiasmados de estar en Pakistán. Mis nervios y miedos de la noche anterior se habían transformado en espíritu aventurero. Con Charlie acordamos reunirnos en un hostal para viajeros en el centro de Lahore, yo iría en bus y él en su bicicleta.

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Lahore es una de las ciudades grandes de Pakistán y está a 50 km de la frontera. Para mi sorpresa, Charlie llegó primero. Cuando yo encontré el hostal, él ya estaba fumando con dos franceses en la azotea del edificio. Los franceses eran Hubert y Karim, quienes también estaban viajando en bicicleta, pero ellos desde Beijing a Paris, tardarían un año.

La atmosfera del hostal era extraña, me parecía estar en un hospital psiquiátrico con muchos “pacientes”. Entre los “pacientes” que más recuerdo, había un hombre muy enfermo (físicamente), supuestamente era de Trinidad y Tobago, había estado en su cama por semanas, levantándose con mucho esfuerzo solo para ir al baño, no podía comer y hace un par de días lo habían llevado al hospital, no supimos lo que tenía, pero el doctor dijo que no se moriría, así que nos quedamos tranquilos.

Otro de los “pacientes” destacados era Alex, un catalán que también estaba viajando en bicicleta, había empezado en Beijing, siguió por Mongolia, Rusia, bajó por Asia Central cruzó Pakistán y su próximo destino era India. A Alex me lo volví a encontrar casualmente en muchos otros lugares de Asia. Al comienzo pensé que él me estaba siguiendo, o que el destino realmente quería que fuéramos amigos.

La primera noche fuimos todos a comer. Me di cuenta que el tipo de viajero que va a este tipo de países, es distinto del turista que viaja por los destinos clásicos. Entre este grupo de aventureros provenientes desde distintos lugares del mundo, había ciertos rasgos de una demencia civilizada e inteligente, profundidad en las ideas, búsqueda de historias, experiencias y me imagino que una búsqueda interior también. Al comienzo, yo no me sentí identificado con el grupo ni las personas, me parecía que yo estaba un nivel más abajo que ellos. Yo sentía que aun no había alcanzado el grado de locura que ellos respiraban y transpiraban, parecían ser mucho más desarrollados.

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Un par de días después, tratando de perderme en las calles de Lahore, descubriendo coloridos mercados, impresionantes mezquitas y doblando esquinas que no sabía dónde me llevarían, encontré un festival religioso extraordinario.

Eran miles de personas, todos hombres, llorando como si un ser profundamente amado recién hubiese muerto, violentamente se golpeaban el pecho con las palmas de la manos, gritaban y cantaban consignas que parecían cargadas de odio y rabia, otros se golpeaban la espalda con látigos de cuchillos hasta que ya no tenían más espacio para heridas, yagas y sangre. Los que estaban alrededor querían entrar a auto flagelarse lo antes posible, pero como el número de látigos con cuchillos era limitado, tenían que esperar impacientes su turno.

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En ese momento me di cuenta que la locura no abundaba solamente en los viajeros en bicicleta o los “pacientes” del hostal. También abunda en sociedades gobernadas por religiones extremas, o en sociedades centradas en la competencia y lo material.

En la última, personas de cuello y corbata también se auto flagelan cinco días a la semana en una oficina.

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